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Los 5 paisajes más raros del mundo que justifican cruzar el océano »

En el 2026, muchos viajes largos ya no se justifican solo por “ver otra ciudad bonita”. Cuando decides cruzar el océano, buscas paisajes que parezcan sacados de una película de ciencia ficción. Lugares donde los colores, las formas o el silencio no se parecen a nada que tengas cerca de casa.

Montañas que parecen pintadas a mano, lagos que cambian de color o desiertos que se transforman en espejos infinitos son algunas de esas rarezas. Aquí van cinco paisajes que, por sí solos, pueden ser la razón principal de tu próximo gran viaje.

1. Valle de la Luna, desierto de Atacama, Chile

El Valle de la Luna hace honor a su nombre: caminar por allí se siente como pasear por un escenario lunar sin salir del planeta. Las dunas gigantes, las rocas talladas por el viento y los tonos rojizos que se vuelven naranjas y violetas al atardecer crean un paisaje que cambia casi minuto a minuto. El suelo cruje bajo tus pies como si caminaras sobre una capa de cristal, y algunas formaciones parecen esculturas abstractas hechas por un artista obsesionado con la ciencia ficción.

Para llegar, lo habitual es volar a Santiago, conectar a Calama y desde allí seguir por carretera hasta San Pedro de Atacama, el pueblo base de casi todas las excursiones. No es un destino para tachar en un día: lo ideal es pasar al menos tres noches para combinar el Valle de la Luna con otros paisajes raros de la zona, como las lagunas altiplánicas o los géiseres. La altura y la aridez exigen ir despacio, pero el premio son cielos nocturnos que difícilmente olvidarás.

2. Montañas multicolor de Zhangye Danxia, China

En Zhangye Danxia, las montañas parecen un error de Photoshop: bandas rojas, naranjas, amarillas y verdosas se superponen como si alguien hubiera pintado el paisaje a mano. Esa paleta irreal es resultado de millones de años de sedimentos comprimidos y tallados por la erosión. Desde los miradores, el horizonte se convierte en una secuencia de ondas de colores que al amanecer y al atardecer se intensifican hasta parecer irreales.

Llegar requiere encadenar pasos: vuelo a una gran ciudad china y luego tren rápido o vuelo interno hasta Zhangye. El parque cuenta con pasarelas y plataformas que facilitan el recorrido, pero el clima puede ser extremo, con veranos calurosos e inviernos secos y fríos. Es un destino perfecto para quien disfruta tanto del viaje como del momento de estar frente al paisaje, sin prisas y con tiempo para ver cómo cambia la luz.

3. Lago Natron, Tanzania

El lago Natron rompe cualquier idea romántica clásica de “lago africano”. Sus aguas altamente alcalinas pueden petrificar aves, cubriéndolas de minerales hasta convertirlas en figuras rígidas que parecen esculturas. El color del lago varía del rojo al rosa según la época del año y la concentración de algas, creando un contraste fuerte con el paisaje árido que lo rodea. Es un lugar hermoso y perturbador al mismo tiempo, ideal para quienes buscan paisajes que incomoden un poco.

Visitarlo implica logística y paciencia: se encuentra en una zona remota cerca de la frontera con Kenia y suele combinarse con safaris en parques más conocidos. Los alojamientos son pocos y sencillos, y casi siempre se accede con guía para proteger tanto al viajero como al ecosistema. No es un viaje de lujo ni de descanso, sino de impacto visual y emocional.

4. Campos de lava y glaciares de Islandia

Islandia condensa rarezas en un territorio relativamente pequeño: campos de lava cubiertos de musgo, playas de arena negra, glaciares que terminan en lagunas llenas de icebergs y zonas geotermales donde el suelo humea. Conducir por la Ring Road es como cambiar de planeta varias veces al día: pasas de un paisaje negro volcánico a un valle verde intenso y luego a un paisaje de hielo y agua gris.

Desde América, muchos vuelos llegan directo a Reikiavik, y a partir de ahí la verdadera experiencia empieza cuando sales de la capital. Alquilar coche o unirse a un tour de varios días permite encadenar cascadas, campos de lava y glaciares en una misma ruta. El clima cambia rápido, así que hay que viajar preparado y con margen de tiempo. A cambio, pocas veces tendrás la sensación tan clara de estar en un mundo recién estrenado.

5. Salar de Uyuni, Bolivia

El Salar de Uyuni es una inmensa planicie blanca que, en temporada seca, parece no tener fin, y en temporada de lluvias se convierte en un espejo gigantesco que refleja el cielo. Caminar sobre la sal, perder la referencia del horizonte y jugar con la perspectiva en las fotos se vuelve casi inevitable. En algunas zonas, pequeñas “islas” cubiertas de cactus gigantes rompen el paisaje plano y añaden un punto todavía más surrealista.

La puerta de entrada suele ser la ciudad de Uyuni, a la que se llega tras volar a La Paz o Santa Cruz y conectar por aire o carretera. La mayoría de viajeros se suma a tours en 4×4 de uno a varios días que combinan el salar con lagunas de colores, formaciones rocosas extrañas y géiseres. La altitud y el sol reflejado en la sal hacen que este no sea un destino para improvisar, pero si buscas un paisaje capaz de justificar por sí solo un viaje largo, Uyuni está muy cerca de la cima de la lista.

Yuniet Blanco Salas

Yuniet Blanco Salas

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